viernes, 3 de diciembre de 2010

Pakistaníes y afganos, vulgarmente


Ya no hay nada que me inspira. Tengo que buscar las ideas en esos cilindros blancos, rellenos de sustancias a las que me considero adicta; y no estoy hablando de tus huesos. Polvos, en varios sentidos; rayas y ralladas, coca y colas, María y Eva, chocolate en varios formatos. Cuando creces todo cambia de sentido. Cuando estás creciendo todo es mucho más difícil, y cuando terminas de crecer sigues pensando que aún no acabaste. Las cosas cambian, nuevos obstáculos, nuevas metas, nuevas risas y nuevos problemas. Nuevos amigos que se transforman en tu peor compañía en cuestión de segundos. Narices perforadas, pulmones intoxicados, dedos amarillos e hígados resentidos por el paso del tiempo. Lo divertido es no acordarse al día siguiente, y una nube de recuerdos con sabor a colocón se abalanza todos los sábados sobre tus ideas. Pueden más que tú, pero te crees el vencedor. Al igual que hacías cuando jugabas al escondite de niño, te crees que llevas todas las de ganar; y lo único que ganas es un escondite para refugiarte de tus fantasmas dentro de unos cuantos años.

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