miércoles, 19 de enero de 2011
Con Y de medios enteros.
Esa noche se estaba ahogando en el futuro que ella misma hizo. Se ahogaba en sus lágrimas, en el vaso que tenía encima de la mesa, y en la tinta de aquel bolígrafo que nunca dejaba de escribir. Tecleaba al ritmo de su corazón, en un intento frustrado de gritar desde el absurdo teclado todo lo que tenía dentro. Quería desdoblarse, mostrar la otra cara. Cambiar de mejilla, porque la que tenía ya había recibido muchos golpes. Nadie entendía lo que sentía, ni siquiera yo, estaba revuelta y mezclada, era igual que su cubata. La isla de hielo que tenía en el centro se derretía, se acababa la buena vida, las preocupaciones aparecían y todo cambiaba de sabor, de grados y de importancia. Puedes sacar un hielo de un cubata, pero no lo puedes sacar cuando se hace agua. Y una vez más llegaba tarde, otro ingrediente más a la mezcla de sabores y emociones, a la mezcla de palos y golpes y demasiado pocos en el rincón de las buenas noticias. Nadie la entendía. Ni ella misma. Le quería y no, le dolía y no, sentía y no... Qué ganas de odiar, de seguir, de parar, de volver atrás, qué ganas de ser feliz, de tenerle, de no perderle y de reconstruirse. Qué ganas tenía de encontrar alguna buena razón para no acabar con todo. Eso es lo único que encontró; encontró una gigante razón, en el medio de toda la tempestad encontró un poco de calma. Encontró un par de recuerdos casi olvidados, encontró una película y una vieja canción. Encontró una sonrisa y un cuello familiar y decidió seguir. Decidió seguir para no olvidarlo.
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