domingo, 9 de enero de 2011
Blindaje.
Al segundo día ya se había pedido debajo porque decía que acababa con los brazos reventados. Me había pedido que comprara azúcar en terrones porque odia que la mesa se quede con puntitos blancos porque tiene mal pulso y siempre se le cae el azúcar de la cucharilla. Y había traído un bote de su café, porque tampoco le gustaba el descafeinado, dice que le gusta lo auténtico, lo que sabe a lo que se lleva dentro. Siete días después se fue, tan rápido como vino. Se acabó el azúcar, y se llevo con él su café; y estoy casi segura de que intentó llevarse su lado de la cama y un poquito de mi corazón, pero yo ya lo tengo todo a prueba de morosos.
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