sábado, 27 de noviembre de 2010
Segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer
Andaba, por no correr. Todo el mundo se fijaba en mí, o eso me parecía, y yo no me fijaba en nada. Iba sin rumbo, pero con un paso decisivo. Nunca volví un paso atrás, lo avanzado no podía retrocederse. Parecía que tenía prisa, por llegar a ninguna parte. Intenté salir de esa situación, pero no daba, andaba, andaba... Y no pensaba. Mirada fría, penetrante a un objeto en segundo plano. Y la gente me miraba, los coches me pitaban; no estaba en un paso de cebra. Pero me daba igual. Yo quería llegar. Entonces empezó a llover, pero solo para mí. Estaba mojada, como siempre, todo difuminado por mis ojos encharcados de gotitas de mi propia lluvia, ni frío ni calor, no sentía. Si me pincharan estoy segura de que no derramaría sangre. Y la gente me seguía mirando, y me seguía dando igual. Entonces llegué al final, y solté una carcajada a la vez que un diluvio se avecinaba sobre mis mejillas. Estaba ironicamente loca, loca por él. El frío empezó a calarme hondo, las carcajadas se convirtieron en un vaho que demostraba que ese frío que sentía era totalmente real. Miré a todos los lados y no vi nada, estaba en un desierto de hielo, de frío, un desierto donde diluviaba pero a la vez, la sequía de amor y cordura era espantosa. Y la gente dejó de mirarme para llamar a la policía cuando me senté en el medio de la acera y empecé a llorar como una loca, pero totalmente cuerda. Nadie me entendía, ni yo misma
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